Ver como también sondear
Las corpóreas
Voces y sonoras formas
Que aún no pueden ser
1110. “El gato llega a la puerta del cuarto donde
escribo. / Se detiene… vacila… avanza… / Me clava su mirada. / Nos miramos.
Ojos contra ojos… / ¡Casi con terror! / Como dos seres incomunicables y
solitarios / Que fuésemos hechura de dioses diferentes.” (Poema de Mário
Quintana, poeta brasileño nacido y muerto en Porto Alegre en 1906-1994)
1109. “Venía de la miseria y la soledad de una
infancia sumergida en la promiscuidad familiar, de las violentas relaciones amor-odio
con la madre, del hondo desdén por Augusto Morante, el padre legal, sujeto
impotente y masoquista ante los castigos de la esposa, del rencor por el “tío”
que los procreó para luego desaparecer. Sólo su sostenida pasión por los gatos,
los niños y los juegos, que inventaba para jugar con sus hermanos, la preservó
de la locura. Un origen de hambre y dolor que amargó su prematura
independización (seguramente mal vista en la época) y muchas veces, sin culpa
ni vergüenza, la arrastró a la prostitución. La relación con Alberto Moravia,
con el cual se casó y convivió muchos años, contribuyó a ponerla en la mira,
pero fue por la trascendencia de sus escritos que Elsa Morante se afianzó en el
primer plano y obtuvo peso propio en el círculo de opiniones de la intelligentzia
italiana de mediados de siglo –a la que por otra parte evitaba–, mientras en la
intimidad se convertía en amiga dilecta de Pasolini, Bertolucci y Visconti.”
(Por Alicia Plante para https://www.pagina12.com.ar)
1108. “Mucho de gato tenía Andy Warhol quien, después de sus vivencias en el Chelsea Hotel, compartió manta y sofá con sus veinticinco gatos en su apartamento de la avenida Lexington. A todos los llamaba Sam, los dibujaba y algunos le acompañaban en sus viajes más locos. Llegó a cancelar importantes citas de negocios, con tal de no separarse de ellos. Warhol se dejaba querer y entre ronroneos descubrió hasta qué punto le traían suerte, sobre todo un gato azul, al que, cuando su ausencia se le hacía insoportable, le escribía notitas que después le dejaba en su canastilla: Querido Sam. Te echo de menos. Quien te ama, A. (¿Quién va a ser si no?)” (Extractado de //sonandoconmaletas.com)
1107. El Dios Sol Ra con forma de gato matando a
la serpiente Apofis junto al sicomoro sagrado, (1295-1186 a.c), una de las
pinturas funerarias de la tumba de Inherkhau. Desde siempre el gato fue
venerado porque mataba a las ratas que se devoraban los cereales de las
cosechas acumulados en los graneros y porque ahuyentaba a las serpientes, muy
numerosas a orillas del Nilo. Era además admirado por su belleza y elegancia y
respetado y hasta temido por sus “cualidades mágicas" (el gato imponía
respeto o miedo, dependiendo la persona), las que no eran otra cosa que la capacidad de
sus pupilas (o tapetum lucidum) de contraerse y brillar con la luz de la luna
en la más cerrada oscuridad.
1106. En la víspera del accidente en el que
perdió la vida, James Dean dejó a su gato Marcus al cuidado de su amiga
Jeanette Doty con una nota en la que le indicaba cómo debía cuidarlo: “1
cucharadita de jarabe Karo. 1 lata
grande de leche evaporada. Misma
cantidad de agua destilada o hervida. 1 yema de huevo. Mezclar y enfriar. No le
des carne o leche fría. 1 gota de vitaminas diaria. Lleva a Marcus al Dr.
Cooper en la calle Melrose la semana que viene, toca vacunarle.” Su siamés
Marcus había sido un regalo de su íntima amiga Elizabeth Taylor al inicio de la
filmación de su última película, 'Gigante'.
1105. El maestro del cine Nicholas Ray contó
sobre James Dean: “La última vez que lo vi fue una noche que de repente se
apareció por mi casa a las tres de la mañana. Tenía ganas de hablar y lo
hicimos durante horas, hasta que era ya de día. Hablamos sobre sus planes
futuros, incluyendo la película que estaba haciendo, “Gigante”, y la que
pretendía hacer. Luego, cuando ya se iba, me pidió un libro sobre gatos que le
había comentado que tenía en mi biblioteca. Amaba a los gatos. Los consideraba
sus maestros de actuación y concentración. Cuentan que el día de su muerte, su
gato, al que había dejado al cuidado de una vecina amiga, desapareció. Sin
dudas, James Dean fue uno de los más grandes'. (Esta foto, jugando con su
siamés Marcus, le fue tomada en la casa que alquilaba en Sherman Oaks,
California, días antes del trágico accidente automovilístico que le costó la
vida.
1104. “Volver a Eliot y traducirlo todo ha
supuesto una revisión de la influencia del gran poeta angloamericano en mí
mismo (y en otros poetas de mi generación, como Joaquín Pérez Azaústre o José
Daniel García). Desde la posguerra, Eliot ha estado presente en varias
generaciones: en los novísimos, en la experiencia, en la mía propia. Ahora estará
más presente aún un Eliot nuevo para nosotros, un Eliot que amaba los gatos y
el té, un habitante de Hampstead con sombrero de seda, un revolucionario con
traje y corbata, un hombre que fue vanguardista y conservador y que nos dio una
lección de resistencia moral frente a lo convulso de todo tiempo.” (Así prologa
su trabajo José Luis Rey, reconocido traductor del maestro poeta T.S. Eliot, en
la fotografía en su estudio con su gato Zuaxo sobre su brazo, para https://wmagazin.com/)
1103. La autora, pintora e ilustradora
estadounidense Dahlov Ipcar amaba a los gatos. Escribió y ella misma ilustró
una treintena de libros infantiles, entre los que destaca “El Gato de Noche”
(The Cat at Night), publicado en 1969, en el que narra las aventuras de
Goliath, un gato blanco y negro que vive en una granja y duerme de día junto a
la estufa hasta la noche cuando el granjero se va a dormir y lo saca de la
casa. Goliath disfruta eso porque puede hacer lo que más le gusta, ver en la
noche y explorar. No tiene sueño de noche. La noche lo despierta, es su mejor
momento. Avanza sigilosamente, caza siempre algo y hasta se llega al pueblo
vecino a reunirse con sus amigos gatos. Luego, con las primeras luces del nuevo
día, regresa siempre justo después que el granjero ha ordeñado sus vacas. Al
verlo la granjera lo saluda y le ofrece un cuenco de leche. Goliath se la bebe
toda y recién entonces entra en la casa, se acurruca junto a la estufa y se
queda dormido mientras el granjero exclama: “Pero qué gato tan perezoso, seguro
que se pasa la noche por ahí durmiendo y duerme luego todo el día aquí”. Pero
el gato ya no lo escucha, duerme profundamente y sueña con las aventuras de la
noche pasada.
1102. “No me interesa hablar de poesía, prefiero
hablar con mi gato o el jardinero. Aprendo más y me aburro menos. No me
interesa ser personaje, porque cuando te ven así, tu poesía pasa a segundo
plano. No me interesa si escribes o no escribes. En cambio ser poeta en serio
es una responsabilidad. La gente no debe escribir poesía, deben ser poetas. La
poesía no es una carrera, eso queda para la hípica. La poesía es la lucha
contra nuestro enemigo el tiempo y un intento de integrarse a la muerte, de la
cual tuve conciencia desde muy niño. La poesía no me interesa sólo como acto
estético, sino ético. Una manera de cambiar el mundo es empezando a cambiarse a
sí mismo. No importa ser bueno o mal poeta, sino transformarse en poeta, luchar
contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos,
de nada vale escribir poemas si somos personajes antipoéticos.” (Jorge
Teillier, poeta chileno)
1101. “Cuando ya no tuve edad para enamorar ni enamorarme de mujeres hermosas tuve a mis gatos con quienes sí que nos amamos y respetamos todavía más. Eso para mí es felicidad.” (Bohumil Hrabal, renombrado prolífico novelista checo)
Un espejo es un límpido río de inmóviles aguas
Una imperceptible superficie donde los ojos se ven
naufragar
Donde los hechos sin memoria se hunden
Donde cualquier imagen sin dejar rastro se pierde
Un vidriado plano donde una sucesión infinita de reflejos
emergen
E invariablemente uno tras otro se desenmascaran
Un impenetrable caudal de tiempo que incluso a sí mismo se
traga
1100. “Ahora, en esta larga despedida apuñalada
de incertidumbres, descubro que jamás te he dedicado un poema. Quizá porque te
he sentido tan parte de mí, tan inmóvil en este mundo cambiante, que no soy
capaz de imaginar una oscuridad en la que no resalten las diminutas linternas
amarillas de tus pupilas. Y ya ves, Luna, incluso hoy se me agota la poesía
cuando te recuerdo y pienso que la muerte te ha arrebatado de mi lado, igual
que se ha llevado a todos los que he querido, a quienes me han querido a mí, dejando
el mundo más frío, más sumido en solitarias tinieblas. He comprendido, Luna,
que la vida es un pulso prolongado con la muerte. Un pulso que hemos perdido
antes de comenzar. Un viaje absurdo cuyo fin es aceptar nuestra soledad
desbocada y contemplar a los seres queridos como maravillosas aves de paso que
depositan su calor para después marcharse. Nadie se queda aquí. La muerte nos
configura lentamente, nos dibuja surcos en la frente y en el corazón. Mientras,
nos dedicamos a soñar que vivimos. No tengo todavía un poema para regalarte. Si
alguna vez lo escribo, quisiera reflejar en él tu genio de tigresa
asilvestrada, la sombra de tu cuerpecillo acechando tras las esquinas, las
cicatrices que me has dejado en la piel. Pero también tus besos de lija, el
ronroneo que comenzaba cuando mis dedos se deslizaban por tu cuello, por detrás
de tus orejas. «Tu gata es una fiera» me decían; pero ellos no conocían la
forma en que me mirabas, el maullido preocupado que me dedicabas cuando me
invadía el desconsuelo. Y subías a mis piernas y rozabas la cabecita con mi
piel y a veces te quedabas así, pegada tu frente contra mí en un gesto de amor
inusitado. ¡Y cómo te enfadabas cuando discutimos en casa!... Nadie, excepto tu
familia, conocerá todo eso. Serás un gato más para el mundo, otro animal de
compañía que ha pasado por la vida y ha completado su ciclo. Como todos los
gatos y los perros que vemos por la calle o en las casas de conocidos. Pero
para mí has sido y eres mucho más: una hermana, una criatura que ha demostrado
más sensibilidad que la mayoría de los humanos. Inteligente, curiosa,
intuitiva, fiel. Caprichosa, iracunda, mimosa, arrogante. Entrañable. Poblada
de una sabiduría ancestral, inherente a tu raza, que no aspiro a comprender.
Luna, Luna. Qué haré ahora que te has apagado y no puedo mirar ya tus ojos
verdes que me dicen todo con su silencio. A quién le contaré mis diatribas
mentales, para quién repetiré los temas de los exámenes. Quién se subirá a mi
mesa mientras escribo. Qué triste el mundo sin el sutil crujido de tus uñas
contra el parqué. Nadie comprenderá el alcance de tu humanidad y pensarán: es
sólo otro gato. En estos dieciséis años, algo más de la mitad de mi vida, me
has visto abandonar la adolescencia y entrar, llena de confusión, en el mundo adulto.
Has conocido a amores y amistades que se marcharon sin dejar rastro. Te has
sentado junto a mi abuelo en el sofá –el mismo sofá que destrozaste– y os
habéis regalado vuestra mutua compañía silenciosa. Has viajado a Villafranca, a
Chiclana, a Conil; has mordido a mis amigos y no has dejado indiferente a
nadie, ni siquiera a los veterinarios, que tenían que sujetarte como si fueras
una pantera, en vez de un gato. Has conocido los tiempos felices y has visto
desmoronarse nuestro mundo, ayudándonos a sobrevivir entre estas ruinas
emocionales, tejiendo una mansa complicidad, ofreciéndonos un refugio familiar,
algo que permanece, sereno, a lo que podemos aferrarnos. Al final, nos has
dejado sólo tu recuerdo. Pero eso nadie nos lo puede quitar.” (“Luna” por la
escritora y Doctora en Literatura Española Marina Casado, encontrado en https://marinacasado.com/)
1099. “Cuando me mudé a Topanga Canyon seguía con
los Buffalo Springfield, pero faltaba poco para la disolución. Me quedé en casa
de una amiga, Linda Stevens. Me gustaba vivir con ella y su hija. Me había
traído mis gatos de Laurel Canyon. Eran dos gatitos de color naranja. Uno se
llamaba Duck Egg y el otro Orange Julius, como la bebida. En aquella época
había muchos puestos de Orange Julius en Los Angeles. Era una mezcla de de zumo
de naranja con huevo batido hasta obtener un líquido espumoso con hielo.
Alimentaba y estaba bueno. Tengo un recuerdo vívido del sabor y del olor, pero ya
a nadie le interesa, salvo a mí. Es un recuerdo único porque lo asocio con ese
sabor, al igual que el olor del Los Angeles de entonces, época en la que me
trincaron por posesión de marihuana en la casa de Stephen Stills en Topanga…”,
cuenta Neil Young en su libro de memorias “El Sueño de un Hippie”.
1098. Trabajaba para JP Morgan pero renunció para
cumplir su sueño: abrir un hotel boutique para gatos. A los 50 años Margaret
Lean Cole se replanteó su vida, invirtió tiempo y dinero, y se aferró a su amor
por los gatos y al de su familia. Ahora alberga 40 gatos en una casa
acondicionada para tal fin llamada ‘Espacio Gatos’. Aunque estudió veterinaria
en la Universidad de Buenos Aires, Margaret Lean Cole nunca ejerció, y tras un
breve paso por un laboratorio de genética su vida tomó otro rumbo y fue
consultora en Sistemas de la Banca JP Morgan. Pero tenía su proyecto pendiente
y lo cumplió: “Me animé a cumplir mi sueño” le contó a TN. ‘Espacio Gatos’ no
es como una guardería estándar sino un hotel que cuenta con tres pisos y dos
salas. Abajo está el espacio común y en los dos pisos superiores las suites
privadas. Margaret y su compañero, Rene Vera Cortez, acondicionaron una vieja
casa tipo chorizo para transformarla en un hotel felino. “El éxito fue la
combinación de inversión, responsabilidad, compromiso, amor por los animales,
la familia comprometida y animarme a crecer”, resumió la emprendedora, entre
los maullidos de sus huéspedes. Los requisitos son: los gatos huéspedes deben
tener las vacunas al día, estar desparasitados, traer su pipeta para las pulgas
y, preferentemente, tener las uñas cortadas. Para compartir el espacio común,
además, deben estar castrados y presentar el resultado negativo para VIF y
VILEF (Sida y leucemia felina). Actualmente se pueden hospedar hasta 40 gatos,
pero Margaret no tiene proyectado seguir creciendo y, aunque muchos se lo
proponen, desecha abrir franquicias. “Hasta acá crecí. Quiero trabajar bien y
vivir tranquila” concluyó. (Extractado de https://tn.com.ar/)
1097. “Las Alas del Sueño”, autorretrato de
Toshiyuki Enoki. Las obras de Enoki son una eficaz combinación de realidad,
mitos y fantasía. Utilizando pinceles particularmente desgastados logra
atmósferas muy distintivas junto con una paleta de colores cálidos y apelando
muchas veces al dorado crea serenas representaciones oníricas. En este muy
particular autorretrato de 2012, así lo definió el propio artista,
“autorretrato”, se representa junto a un gato.
1096. Toshiyuki Enoki es un artista japonés
nacido en Tokio en 1961, especialista en la técnica tradicional de la laca y en
otras tales como las pinturas al óleo, acrílico, acuarela, en tinta china y en
el uso de láminas de metal en distintos soportes, papel, lienzo y madera. Enoki
estudió Arte y Diseño en la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de
Tokio y su inocultable pasión, aparte de la pintura, desde siempre han sido los gatos.
1095. “Mi gato se llama Billy, como Billy el
Niño. Para mí fue una revolución, como también lo fue descubrir la lectura,
tener a mi hija, enamorarme, desenamorarme... Decía María Zambrano que un gato
es la perfección de algo, y es verdad. Yo les tenía fobia, los odiaba
profundamente, hasta que mi hija encontró a Billy en la Alameda, siendo aún
cachorro, me lo presentó y me dijo que iba a vivir con nosotras…” (Así narró la
escritora Belén Rubiano su conversión a la religión gatuna en el Diario de
Sevilla el domingo 1 de marzo de 2020)
1094. “Durante los últimos días se volvió viral
en las redes sociales un video donde Axel Kicillof se encontraba dando una
entrevista para la TV Pública, cuando de pronto, lo interrumpió su gata pasando
por delante de la cámara, como si nada. Katia, tal es su nombre, forma parte de
la familia Kicillof y había sido adoptada en 2019 cuando el Gobernador de la
Provincia de Buenos Aires, declarado gatófilo, visitó la Clínica Veterinaria
Municipal en compañía del Intendente de Berazategui Patricio Mussi.”
(Extractado de (https://elsolnoticias.com.ar/)
1093. La periodista, escritora y activista
feminista estadounidense Vivian Gornick vive en su piso del Bronx en Nueva York
con dos gatas (a las que bautizó como Gata 1 y Gata 2) y a las que adoptó
juntas cuando apenas tenían semanas de vida y pese a que nunca antes había
sentido deseo alguno de convivir con un animal. "Luego de décadas de vivir
sola un día de pronto me sentí anhelando que hubiera en casa algo vivo aparte
de mí misma. El miedo de mi madre a todo bicho viviente de más de dos patas se
me había contagiado desde pequeña, pero una vez que me serené se impuso mi
anhelo y allá fui en busca de una criatura cariñosa que ronroneara en mi
regazo, durmiera en mi cama o animara mi departamento… sólo que no fue una
criatura la que encontré sino dos.” Así las cosas para ella, lo demás fue enfrentar
la convivencia, difícil al principio, porque las gatas manifestaron su
naturaleza felina, estirándose las uñas en sus sillones, mordisqueando algún
adorno que les resultaba llamativo, subiéndose a cada estante o mueble alto que
hubiera en la casa, deambulando durante las noches o intentando cazar polillas
o moscardones que pudieran ingresar del exterior, hasta que Vivian se dio
cuenta que también ella debía adaptarse a “la nueva vida en trío” y enseñarles,
persuadirlas y ponerles límites, si fuera el caso, para establecer las
necesarias pautas de convivencia, todo lo cual fue de a poco funcionando a
medida que la relación entre ellas ensamblaba a la perfección.
1092. “Yo soy un gato de metal / Vivo en un
agujero / Tengo una ansiedad / Como de año nuevo / Nunca se dónde estoy / Nunca
se adónde voy / Tengo miedo de la escena de la calle / Tengo miedo que en la
calle no haya nadie / Esa es la rapsodia de los que decoran el tiempo / Por eso
vivo en los tejados / Viajo en subterráneo / Amo a los extraños / Mi comodidad
sólo es mi aventura / Nunca será igual / Nunca nada dura /¿Vos te querías
comprar un perro? / Pero soy un gato / ¿Vos te querías comprar un perro? / Pero
soy un gato.” (“Gato de metal, canción de Charly García del disco “Filosofía
Barata y Zapatos de Goma”, su sexto álbum solista aparecido en 1990)
1091. "Los animales que ven en la noche son animales sagrados, como el búho y el gato. Ellos ven con el inconsciente, como los poetas, ven con lo no racional, con esferas inconscientes muy profundas. Por eso cuando te duele un hombro o el pecho, o cualquier lugar del cuerpo, el gato va y se acuesta donde te duele y absorbe las malas energías. Tiene su ‘ojo clínico’. Es un acompañante terapéutico magnífico y mágico.” (Alejandro Jodorowsky Prullansky, artista, cineasta y escritor chileno nacionalizado francés, en la foto con su gata Dulce)
(Obras de Pablo Picasso)
No creo que el esplendor de la rosa obnubile
la belleza de las espinas
No creo que consientan que rime tus labios
con los pétalos de mis heridas
No creo que invariablemente sea mi sombra
la que siempre me persiga
No creo que sólo las ciegas miradas puedan
delinear metáforas vacías
No creo que por jugar con las palabras vacile
entre la precisión y la cacofonía
No creo que el futuro deje de dictarme estas
raras imprevisibles epifanías
1090. Suzanne Valadon pintó a su gato Raminou en
decenas de ocasiones. Era uno de los felinos que andaban a sus anchas por el
taller de la pintora que los alimentaba cada viernes con nada menos que caviar.
Raminou fue su musa, un condenado guaperas atigrado, un ejemplar macho de la
Belle Epoque que tenía enamorada a su «dueña», si es que tal calificativo se le
puede atribuir a alguien que posee un gato. Y esto se ve en la pose de Raminou,
sentado sobre una tela (que por cierto aún se conserva en el museo-taller de
Valadon en Montmartre). Ahí está el jefe del taller sobre su tela preferida,
suponemos que ronroneando, suponemos que tras una eterna sesión de
auto-limpieza, posando como lo que es: un dios griego que regala unos efímeros
instantes de belleza a Valadon para que consiga pintar una mínima parte de su
grandeza. Raminou es casi una leyenda en Montmartre: aplastado en más de una
ocasión por el culo de Renoir, acariciado por Manet, torturado por el hijo
bastardo de la Valadon que probablemente estaba celoso de Raminou y lo agarraba
por el rabo cuando conseguía pillarlo por sorpresa, justo antes de un doloroso
y merecido zarpazo. Un animal que estuvo sentado en el regazo de grandes
personalidades y fue poseedor de secretos inconfesables sobre la pintora más
talentosa de ese Montmartre irrepetible de los años 20. (Texto de Miguel Calvo
Santos para https://historia-arte.com/)
1089. «La frase ¡Al diablo la Navidad! es ¿una
blasfemia, un oxímoron, pecado, una irreverencia o un grito desesperado que no
nos atrevemos a dejar salir? No lo sé. Vengo de una familia católica donde
siempre se festejó la Navidad. Al principio, con mi familia paterna y materna
juntas, en la casa de mi abuela, la madre de mi madre, que cocinaba para todos,
servía la mesa para todos, y luego lavaba los platos de todos. Años después, a
partir de una discusión en una Nochebuena, sólo nos reunimos con la familia
materna. Los primeros años mi padre seguía viniendo; nos adelantábamos con mi
mamá y mi hermano y él llegaba para la hora del brindis, el pan dulce y los
regalos. Hasta que un día por fin dijo: “Coño, que yo no hago más la
fantochada”, y no fue ni ese 24 ni ningún otro. Más allá de la angustia que me
provocaba la ausencia de mi padre en las Navidades, la anécdota me hizo estar
preparada para decir “¡Al diablo la Navidad!” algún día. Antecedentes
familiares me amparan. Genéticos, casi. En este caso, alguien dirá: “Loca como
tu padre”, en vez del lugar común “Loca como tu madre”, lo que no deja de ser
alentador desde el punto de vista de género. Pero a pesar del permiso paterno,
hasta el 2010 no me atreví a mandar la Navidad al diablo. Que la tradición
familiar, que los niños y sus ilusiones, que alguien tiene que seguir la posta
de la abuela que ya no está, que tampoco hace mal, que a vos nada te viene
bien. Durante los años que estuve casada no sólo no me rebelé sino que además
me ocupé religiosamente del árbol, el matambre, los tomates rellenos, los
turrones, la sidra, las pasas de uva a las doce, el pan dulce, etc, etc,
etcétera. Sin embargo en el 2011, al fin, parece que la cosa puede cambiar. Por
lo pronto mis hijos pasarán la Nochebuena con el padre y el Año Nuevo conmigo,
lo que me deja absoluta libertad de elección acerca de cómo pasar el 24: si
cometo una herejía no arrastraré a nadie conmigo. Pero enfrentarse a esa
libertad implica elegir qué quiere uno, lo que tampoco es fácil. Hace semanas
que vengo evaluando distintas opciones. Varios amigos, con las mejores y más
amorosas intenciones, me invitaron a pasar la Nochebuena con ellos y sus
familias. Pero eso sería algo así como comer los mismos tomates rellenos en la
casa de otros y ni siquiera poder quejarse porque al relleno le pusieron
demasiada mayonesa. La opción de quedarme sola en mi casa, ver una buena
película, comer rico y emborracharme resultaría una gran alternativa si yo
bebiera alcohol, cosa que no hago. Y sin alcohol, temo que a los primeros
fuegos artificiales que estallen en el cielo cerca de mi ventana me ponga mal
porque no estoy con mis hijos, me sienta sola, llore, y a las doce en punto
salga corriendo a buscar al gato para decirle “¡Feliz Navidad!”, el único ser
vivo que me acompaña. También evalué viajar esa noche y que las doce campanadas
me encuentren en vuelo y a los brindis y abrazos con el compañero de asiento
que me haya tocado en suerte. Pero sería muy engorroso y un derroche de dinero
extravagante, más teniendo en cuenta que el 25 al mediodía tengo que estar en
mi casa para recibir a mis hijos. Y entonces, cuando nada parecía cerrar, llegó
la mejor alternativa: una amiga me invitó a una cena donde estaba juntando a
todos los que no festejan la Navidad porque pertenecen a otra religión, porque
no pertenecen a ninguna, o porque no y punto. La propuesta era: “Los invito a
comer a mi casa mientras los demás festejan la Navidad”. Acepté. Sólo me falta
saber si cuando den las doce alguno me hará la gracia de levantar la copa,
total no le hace mal a nadie. Y si en cambio nadie lo hace, comprobaré si me
resulta indiferente o si volveré corriendo a mi casa, con lágrimas en los ojos,
a decirle “¡Feliz Navidad!” al gato. » (“Al gato
no le importaría” por Claudia Piñeiro)
1088. “Cuando vivía en Escobar, Laiseca tenía
varios animales. Vivía ahí porque podía tener una casa con patio para sus
animales. (A pesar del sacrificio de viajar dos o tres o cuatro horas todos los
días; él decía que tenía dos trabajos pero cobraba sólo por uno.) Un día al
volver a su casa encontró que los perros habían matado al gatito cachorro que
había recogido pocos días atrás, y se entristeció, se enojó con los perros, en
realidad se puso furioso, quería castigar a esos asesinos, pegarles,
encerrarlos… Pero lo que hizo (le salió espontáneamente, sin explicación) fue
ponerse a ladrar y aullar como un perro. Sin habérselo propuesto, había dado con
el castigo más eficaz; los perros se aterrorizaron. Con los pelos erizados como
si estuvieran recibiendo una descarga de cien mil voltios, retrocedían con las
patas encogidas, la panza tocando el suelo, se arrinconaban, gemían, los ojos
dilatados por el espanto. Tardaron días en recuperarse. Evidentemente, para un
perro la amenaza de que su amo se vuelva perro es lo peor que le puede pasar,
peor todavía que la muerte. Se explica, creo, porque ese hombre transformado en
perro seguirá siendo el amo (él no puede concebir otra cosa: ya lo ha
interiorizado como amo) pero además será perro, es decir sabrá lo que él sabe,
conocerá desde adentro los mecanismos de acción y reacción del perro, y podrá
ejercer un dominio al lado del cual el del hombre-hombre sobre el perro es
apenas un simulacro lúdico de poder o dominación. Un poder así aterroriza.” (“Alberto
Laiseca por César Aira – Un poder que aterroriza” – encontrado en https://bit.ly/3ep6mJh)
1087. Cuando su amigo Césare Pavese se suicidó,
la escritora y política feminista italiana Natalia Ginzburg mantuvo una
relación muy cercana con Elsa Morante, a quien admiraba muchísimo como narradora,
y en 1985, cuando falleció tras una larga enfermedad, heredó sus gatos
siameses, que son los que aparecen en esta fotografía. Toda la vida le habían
gustado más los gatos que cualquier otro animal, pero sólo desde entonces fue que convivió inseparablemente con
ellos.
1086. “Siempre me sentí motivado por el proceso
del arte y no tanto por el resultado. Siempre fui muy consciente de eso. Vivo
para pintar (mientras debo lidiar con las complejidades de mi pintura) y
también para disfrutar de la compañía de mi gata, pasamos horas y horas juntos
los dos, mientras ella disfruta de mi compañía concentrada en las complejidades
de ser felina." (Frank Stella, pintor y grabador norteamericano, verdadera
referencia del arte abstracto y minimalista, junto a su gata Marisol)
1085. “Mi gato, cualquier gato, absolutamente todos los gatos
me provocan furibundos irrefrenables ataques de amor. Aquí estoy fotografiada
en pleno ataque, prueba irrefutable de mi amor incondicional por ellos.” (Anna
Jagodzinska, top model polaca de Vogue, L'Officiel y Revue de Modes)
1084. “En Lemuria, por obra y gracia de El Colo
-gato luminoso como el sol, bello como el amor correspondido y sabio como
pocos- existe el paraíso. Él le fue dando forma, para poner a prueba el amor
humano de Beatrice. Es ella, en este caso, la que debe atravesar un infierno de
vecinos inclementes, guiada por el oráculo chino, mientras él da señales de
vida desde la altura…” De nuevo Beatriz Vignoli nos conmueve, nos maravilla,
nos ofrece una magnífica historia donde se diluyen los bordes entre autora,
obra y persona, y la realidad que alcanzan los sueños y que es más verdadera
que la vigilia. “Un gato desaparece y un clan solidario organiza su búsqueda
que al principio es narrada como cuento de hadas para luego transformarse en
crónica policial y en una angustiante pesadilla al final. Ante los vecinos
iracundos, atrincherados por el temor y capaces de los actos más viles, se
levanta, sin embargo, la belleza del mito: el continente perdido de Lemuria
donde habitan quienes postulan otra forma de devenir.” Sólo Beatriz Vignoli es
capaz de transformar una serie de posteos de Facebook en un texto que es un
cosmos individual cerrado sobre sí mismo y, a la vez, abierto a dar zarpazos en
el pensamiento de hoy.
1083. Instantáneas gatunas - Su mirada ama,
comprende lo que está pasando y para qué está allí. La llevaron en su
transportador para la despedida. Su dueña estuvo hasta hace poco internada en
la Unidad de Cuidados Intensivos del Sanatorio Güemes de la Ciudad de Buenos
Aires. (Tan conmovedor testimonio me lo aportó Frodo, amigazo que administra el
muy recomendable sitio https://frodorock.blogspot.com/)
1082. “No sé de cuándo ni de dónde viene mi
relación con los gatos. Los amo, claro, pero mi relación con ellos, qué digo
relación si en realidad siento que son como una extensión de mí... Qué
arrogante de mi parte, pensándolo mejor, puesto que podría ser que yo fuera una
extensión de ellos… Como sea, no sé de cuándo ni de dónde viene. ¿Será que de
otras vidas? Puede ser… En la primera foto que tengo mía, tendría unos tres
años y ya hay gatos allí, en casa de mis abuelos. Así que ¿qué relación tengo
yo con ellos? Creo que soy ellos. ¿Me entiendes?” explicó en una entrevista el
gatófilo afamado fotógrafo Masahisa Fukase.
1081. Freddie Mercury, líder de la banda
británica Queen, recogía gatos abandonados del albergue ‘Blue Cross’ de Londres
y se los llevaba a su residencia. Tanto amaba a los mininos que incluso les
dedicó canciones y álbumes, como “Mr. Bad Guy”, dedicatoria que hizo extensiva
"Para mis gatos y para todos los que aman a los gatos alrededor del
universo… y que se jodan los que no!...” Él solía decir que sus gatos eran sus
únicos leales e incondicionales. Tom, Jerry, Oscar, Tiffany, Delilah, Goliah,
Miko, Romeo y Lilly fueron algunos de los nombres con que los bautizó y cabe
destacar que llegaron a ser los beneficiarios de parte de su fortuna por medio
de la fundación que creó para rescatar y proteger a los gatos desamparados. De
todos los que tuvo, sólo Tiffany, una gata Himalaya, fue un regalo de Mary
Austin, la novia a la que siguió llamando siempre «el amor de mi vida», en
tanto los demás fueron todos gatos rescatados... Pero Delilah fue su
inocultable predilección, una hembra de pelo largo esponjoso a la que le
compuso la canción del mismo nombre que está incluida en el álbum “Innuendo”.
(En la foto vemos a Freddie, una tía con Oscar en brazos, Mary Austin alzando a
Tiffany, su pareja Jim Hutton y otros de los amigos que atendían a sus gatos)