1370. El legendario diseñador de moda italiano
Giorgio Armani (1934-2025) falleció el 4 de septiembre a los 92 años. Hasta el
último día no sólo fue un visionario de la moda sino también un apasionado
amante de los gatos. Pasó sus últimos años en Milán con sus dos gatos: Angel,
con quien protagonizó numerosas campañas de adopción, y Mairi. Armani utilizó
su fama y fortuna no sólo para el mundo de la moda sino también para
concientizar sobre el abandono animal. En una entrevista dijo: «Mi familia
siempre ha tenido animales; nos educaron para tratarlos bien. Creo que los
animales traen vida y alegría a cualquier hogar. Me encantan especialmente los
gatos porque son independientes y orgullosos. Sólo se les puede acariciar
cuando ellos quieren. Pero a pesar de eso son verdaderos amigos, te brindan
libertad y llenan cualquier ambiente con una calidez especial».

1369. “Escribo para exorcizar mis demonios que,
aunque no lo crean, son más que mis ángeles. Escribo para sacar afuera mi
tristeza, para elevar una plegaria a todos mis gatitos que me observan desde su
cielo. Primero fue Tomi, el michi de mi hija, al que vi como cuatro perros lo
asesinaban y yo, cerco de por medio, no pude hacer nada. Luego, mi Momo, el
gato más bueno, mi compañerito de vida que se fue una mañana, a su ronda
habitual, y ya no regresó. No olvido su última mirada, su irse por nuestro
jardín moviendo su culito gordo y luego... ¡Esa llamada telefónica! Ese aviso de "a tu gato lo mató un
perro". Tirar sus cenizas en nuestro jardín apenas fue un intento de
calmar mi angustia. Entonces... apareció
Morrison y supe siempre que él -Momito- me lo había enviado para calmar mi
tristeza. Si bien un michi no reemplaza a otro, con Morri volvieron mis rutinas
gatunas, las caricias, la ternura, los ronroneos y así, aún extrañando cada día
a Momo, pasé otros cuatro michiaños felices con su compañía de "medio
tiempo". Es que, literalmente, no era mi gato. En sentimientos sí lo era.
Vivía en una casa vecina, pero se pasaba el día completo conmigo. Sólo cuando
el ocaso dejaba caer su manto de nostalgia, yo ponía su comida en el hall frío
y lo despedía: "hasta mañana Morri, tenés que ir a tu casa", y
entonces cerraba mi puerta y él, luego de comer, salía por la puertita gatera
aunque siempre lo hacía con pocas ganas. Creo que, si lo hubiera dejado, se
hubiera quedado conmigo también por las noches. Hasta que... un día dejó de
venir, y al siguiente...¡y pasaron 6! No estaba en la cuadra, en mi jardín, en
ninguna parte. Fui a tocar la puerta de mi vecina con el corazón
apretado, con el temor de oír la peor noticia. No. No lo había matado un perro
pero... ¡allí estaba! Flaquito, casi sin moverse, con la mirada triste. No
obstante, me pareció, su expresión gatuna cambió al verme. Cáncer de hígado,
era su diagnóstico y ya no tenía fuerzas. La vecina me permitió traerlo, y así se
sucedieron seis días. Lo iba a buscar y, luego de unas horas, lo llevaba de
regreso. Y con enorme alegría, dentro del gris panorama, yo veía cómo él se
sentía mejor en mi casa, ronroneaba bajito, con la poca fuerza que le quedaba,
cuando yo lo acariciaba y él miraba por su ventana preferida. Finalmente, la vecina, me dijo que fuera a
buscarlo para nuestra despedida. Al día siguiente lo llevaría para que lo
duerman para siempre. Y desde entonces no puedo olvidar el momento en que ella
-la vecina- vino a buscarlo. Morrison se aferraba a mí y no quería irse. Pocos
días después de tan triste despedida, apareció Michifou, el gato "naranjita"
¡Él sí que era "callejero por derecho propio"! Tanto que sin dudas
digo que -como en la novela de GGM- su andar callejero era la "Crónica de
una muerte anunciada" No obstante, vino durante casi un año. Algunas
veces, pasaba la noche en mi casa y yo me entusiasmaba pensando que, tal vez,
finalmente elegiría vivir sin tanta libertad pero a resguardo de los peligros
de la calle. ¡las veces que llegaba lastimado! Pero no hubo caso. Ya lo dije:
"era callejero por derecho propio" De todos modos, saber eso, no me
evitó el duelo. Como era esperable, un día dejó de venir. No supe que le
sucedió pero puedo imaginar algunas maneras de muerte violenta. Gente mala entraña que envenena michis ¡si
que las hay! perros callejeros -o no- que los atacan ¡también! Y mi vida siguió
signada por esas "apariciones gatunas": Se va uno, llega otro. A los
pocos días que dejó de venir Michifou... ¡Apareció Titi! También "medio
tiempo" (Era de otra casa del barrio) Pero ya no quiero escribir. Ya no
quiero contar que hacen exactamente nueve días que también desapareció. ¡Lo
extraño tanto! Volveré, algún día, sobre el tema. Pero no hoy. Hoy estoy
demasiado triste y prefiero salir a mi jardín a esperar, otra vez, que llegue
como siempre contento, pidiéndome mimos y comida. (Conmovedor relato de Lucía,
en la foto con Momo, publicado el viernes 27 de febrero de 2026 -y todavía me
dura la emoción- en su imperdible blog https://quemeimportatupasado.blogspot.com/)

1368. “El gato toma su estatura real / Enardecido
crece hasta el techo/ Huye por ventanas imaginarias / La noche es pequeña para
sus ojos reflectores / Su cuerpo, artificio del embrujo / En el amanecer/
Cuando el día cae como una estatua a los pies de la rutina / El gato es un
caracol en la silla de los descansos…” (Poema de Nadia Contreras, escritora,
poeta y académica mexicana)

1367. Esta fotografía fue tomada en 1954 por el
fotógrafo japonés Ishii Akira para retratar el amor de Jirō Osaragi por los
gatos. Osaragi fue un escritor japonés conocido por la serie histórica sobre el
enmascarado espadachín justiciero Kurama Tengu, ambientada en el Japón de
finales del periodo Edo (1603-1868) bajo el Shogunato Tokugawa. Osaragi vivió durante
10 años con su gato en la habitación 318 del Hotel New Grand de Yokohama antes
de establecerse en Kamakura donde logró tener más espacio para cuidar de más
gatos. Dejó registro en sus diarios personales sobre su cuidado y sustento para
más de 500 gatos, muchos de ellos semisalvajes. “Los cuido y convivo con ellos,
pero no soy su dueño”. Su extensa colección de libros, estampas y objetos
relacionados con los gatos se convirtió posteriormente en una atracción central
del Museo Conmemorativo de Jirō Osaragi en Yokohama. También su casa en
Kamakura abre al público en la actualidad y allí los visitantes pueden pasar el
día entre gatos, muebles, enseres y bibliotecas del gran escritor Jirō Osaragi.

1366. Instantáneas gatunas - Gato con barbijo.
Fotografía de una familia con su gato durante la epidemia de gripe española de
1918.
1365. Królewna Kotka (La Princesa Gata), obra de
1928 del escultor polaco Konstanty
Laszczka (1865-1956). El artista se inspiró en un cuento popular polaco que
escuchó en su niñez. En su libro de 1927, Gawędy z uczniami (Conversaciones con
estudiantes), Laszczka comparte el cuento sobre una benevolente y hermosa
princesa que es convertida en una gata negra por una bruja celosa. En el cuento
el color del pelaje de la gata va cambiando de negro a marrón y finalmente a
blanco puro según el amor que ella recibe. De ahí que Laszczka creó una
escultura negra (la que se ha perdido), una marrón y una blanca que se
conservan en el museo de Dobre. Laszczka estudió en París de joven recibiendo
una profunda influencia de Rodin en cuanto al tratamiento de la figura humana,
a la que nunca debía tratar como una forma acabada sino en pleno proceso de
transformación.

1364. “Debía llamarse Catalina, pero como nadie
en la casa le daba bola y yo la llamaba «¡Eh gatulina, vení gatulina...!»,
terminó llamándose así. La Gatulina era desmesuradamente gorda, tenía la cola
cortita, un carácter espantoso, gruñía si alguien se le acercaba y le faltaba
un ojo. Lo perdió una tarde, cuando la llamé y saltó a la calle justo cuando
pasaba un auto. Salí y no la encontré. Desapareció un día entero y a la mañana
esperaba en la puerta, con un bulto negro en el lugar del ojo. Se lo sacaron y
yo, lo juro, averigüé por ojos de vidrio para gatos. Pero había que importarlos
y valían una fortuna. La dejaron así nomás, y me acostumbré. Es más, cuando
veía a otros gatos me impresionaba. Demasiados ojos. La Gatulina y yo
convivimos 15 años. Se mudó conmigo a cuatro casas distintas y le compré las
comidas más exóticas. La gente se quedaba mirándola, como a un auto de
colección. Una vez estaba con ella en la vereda, sentado en el umbral, y una
parejita se paró para mirarla bien. Me preguntaron, señalándola con el dedo:
–Qué es? No me ofendí para nada. Al contrario. –Una gatulina –contesté. Ella
gruñó, satisfecha. Era inteligente, mala, egoísta, comía como lima nueva, sabía
abrir puertas bajando el picaporte y me quería en silencio. Amé a la Gatulina
como a pocos seres en este mundo.”, nos cuenta el periodista y analista
político argentino Hugo Asch.

1363. “Desde la luna llena del campanario de
Montblanc el viejo gato añora los ecos por las azoteas de aquel febrero
carnavalesco en el que se disfrazaba de amante devorando la noche a bocados de
aliento y zarpa que desgarraba las sombras huidizas de los muslos húmedos y
cálidos de aquella princesa felina entregada bajo los tejados resbaladizos
donde se quebró el alma y el espinazo el pobre y viejo gato. Amén.”
(Sinpuntosnicomas op.119 editado en el Instagram del muy personal poeta fotógrafo
Luis San Andrés Malo, de quien también recomiendo su blog De barro y luz - https://versoabeso.blogspot.com/)
1362. Pintura de un mono acunando en brazos a un
gatito realizada por el maestro chino Yi Yuanji de la dinastía Song, siglo XI
d. C. (c. 1000-1064), célebre por sus representaciones de gatos y otros
animales extraordinariamente realistas.
1361. Odiseo Elytis es uno de los principales
poetas griegos del siglo pasado y el segundo en ganar el Premio Nobel de
Literatura en 1979. Falleció el 18 de marzo de 1996, dejando una profusa obra
que destaca por su himnología a la naturaleza griega y del Egeo, así como por
la valoración y combinación del hiperrealismo con la tradición, la cultura y la
lírica griega. Para él los gatos tienen un conocimiento secreto de la vida que
el hombre desconoce, por lo que postula sobre la necesidad de volver a un
estado de ‘panteísmo sagrado’ donde el gato sea un sensible exponente y el
hombre no pretenda ya dominar a la naturaleza siendo consciente de formar parte
de ella.