martes, 22 de febrero de 2011


NOS VEMOS EN EL PARAISO
  
¿Qué año sería? Vagaba una tarde por la Plaza San Martín cuando mis ojos se imantaron con tu mirada. Me dejaste sin aliento. Mi corazón vibró como un crótalo de cascabel. No es nítida la metáfora, ni muy urbana que digamos, pero es exacta, y también real. Todo alrededor se detuvo. Por un momento vos y yo fuimos todo lo que había y nada más. Nada menos.

Vaya a saber cuánto duró aquel instante. Lo que sí sé es que a partir de ahí todo comenzó a tener sentido.

Después nos metimos por la Galería del Este. Yo caminaba haciendo como que sabía adonde ir. Vos me seguías como si supieras adonde querías ir. Dos maneras de disimular o de fingir, si es que en realidad existen los sinónimos. Cosa que dudo. El hombre disimula porque es más básico y expansivo en tanto la mujer finge porque es sinuosa e introvertida.

Pero bueno, lo que recuerdo es que pasamos por El Agujerito con su inalcanzable constelación de tapas de discos importados en vidriera al mismo tiempo que de sus profundidades brotaba Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again como un manantial de alegría sin fin. Uno de esos clásicos dylanianos que pueden durar siglos sin encontrar otro final que el de quien lo escucha... Porque nadie dura siglos.

Pero en ese momento yo no sabía qué tema era, aunque sentía que venía escuchándolo desde la otra vida y más allá también, como si esa voz y esa melodía vinieran inyectándome alegría desde el kalpa anterior, al punto de anegarme los ojos de felicidad.

Y entonces te miré y encendiste una sonrisa inolvidable en tu cara, creyendo que vos provocabas esa emoción, pero nada que ver, me emocionaba Bob, cada vez más su música que sus letras, cada vez más su voz que todo lo que pueda decir, puesto que, convengamos, existe un consenso más o menos unánime acerca de él como poeta, un tipo que es estudiado en algunas universidades, considerado en ambientes académicos y que inclusive integra antologías de poesía junto a Walt Withman, Robert Browning, Wallace Stevens, Gregory Corso, John Keats, Gary Snyder, Allen Ginsberg, T.S. Eliot, William Blake o Ezra Pound, aunque yo desde siempre valoro su música y su voz como las claves que apuntalan al artista en constante vigencia y reinvención.

Pero no hubiera estado bien decírtelo, porque podías entenderlo, y todo se terminaría allí mismo, casi sin empezar. Porque si hay algo que todos hacemos, bien o mal, para bien o para mal, es eternizar los sentimientos, con lo cual, en un instante, podemos forzar casi cualquier acontecimiento.

Pero qué sé yo, después nos sentamos a tomar algo en el bar que estaba en el hall central de la Galería. Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again
seguía fluyendo y espiralándose desde la disquería. Es que lo habían editado como simple y, cuando la pista grabada terminaba, el brazo del tocadiscos volvía a levantarse y a posicionar la púa justo al borde del disco para que vuelva a sonar, siempre nuevo, siempre vivo, siempre mágico, siempre eterno. Y como mi inglés no era bueno, y vos dijiste que eras egresada de la Cambridge, empezaste a traducirme la letra. Una parte hablaba de una alternadora de burdel que irónica le explicaba a un cliente que “su novia le daba lo que necesitaba, pero que ella sabía lo que él quería”. Y yo pensé, si me ocurriera algo similar, qué sería mejor que me ofrecieran, si lo que necesitaba o lo que quería. Lo que sea que yo necesite, me dije de inmediato, porque no sé lo que quiero, pero que sea rápido, porque nunca me gustó demasiado esperar, y mucho menos escuchar, cuando de pronto, empezaste a hablar y a hablar de vos, de tus cosas, de tu habitación, de tu familia, de tu sobrinito, de tu perrito, de tu primer novio, de tu vecinito, de tu vestidito, de lo que soñabas, de lo que aborrecías, de boludeces y más boludeces hasta que dijiste, como si nada dijiste, como algo banal, inocuo, que vivías en Alejandro Korn, y ahí el abismo entre nosotros se extendió oscuro, insondable.

¿Y dónde queda eso?, pensé, y en un instante supe que no podía ser, que lo nuestro era imposible, aunque fuera lindo, como vos, nena, lo mas lindo que vi en mi vida después de Jane Birkin, pero sabés qué, paso, me borro, lo nuestro pudo haber sido una verdadera historia de amor, pero chau, nena, vivís muy lejos, en la loma del orto, con qué me vuelvo de allá, chau, mejor dejarlo así, para qué empezar algo si va a terminar, mejor nos vemos en el paraíso.

Eras tan etérea y angelical que me salió despedirme así. Nos vemos en el paraíso. Y ahora que te recuerdo, casi con la misma intensidad con la que no me acordé de vos ni una sola vez en todos estos años, igual quiero decirte que si de algo estoy seguro es que en ese ratito juntos fuimos algo, vos y yo, y nadie más. Nunca supe tu nombre ni vos el mío. Tampoco tu signo ni vos el mío. Evidentemente porque no nos interesaban ni las formalidades ni el comportamiento de los astros. Así que me voy, mientras vos te volvés a ir una vez más en mi memoria. Nos vemos en el paraíso. Allí donde seguro que cuando llegás te reciben los angelitos como vos con Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again sonando al mango por los parlantes del cielo.

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