sábado, 19 de febrero de 2011


Hablaba la otra noche con mi hijo. Se sentía un poco perdido sin su chica, triste porque quería estar con ella y enojado porque lo había decepcionado.

“Lo peor fue que me creí que era mi amiga”, me conmovió, mientras sobre su regazo sostenía en brazos su guitarra de la que extraía Don't Let Me Down como una súplica.

Callé para escucharlo. Sabía muy bien lo que es esa soledad diferente a todas las demás, la fría soledad después de la decepción, la soledad inesperada, indescriptible, inmerecida e insoportable que hace que te sientas solo, solo hasta de rencor que te acompañe.

“Es una de las tantas chicas que vas a conocer en tu vida”, pensé, pero no se lo dije, era evidente que esa chica le dolía en el alma, y comencé a buscar las precisas preciosas palabras con las que debía llegarle al corazón, pero también a la razón.

“Las mujeres en la vida de un hombre son como los callos que tiene que hacer un guitarrista mientras aprende. Cada chica te va a doler hasta que hagas callos y ya no te duelan”, le dije.

Me miró de reojo, sonrió, lo que tocaba se convirtió de pronto en la introducción de Little Wing en la versión de Derek & The Dominos y, como tantas veces antes, me maravilló su digitación. Decí vos que es vago, o ya sería un guitarrista.

Un rato después me fui a dormir pensando que quienes leyeran esto no debieran tildarme de machista o fálico ya que la misma metáfora vale también para las mujeres.

Pero la noche es larga cuando un hijo te desvela y daba vueltas y más vueltas en la cama repitiendo una y otra vez esa frase con destino de poema que hace años me ronda como un mantra: "la soledad también tiene escaleras, hijo... la soledad también tiene escaleras, la soledad también tiene escaleras, la soledad también tiene escaleras..."

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