martes, 19 de marzo de 2013


Releía “Crónicas” intentando desentrañar cómo hace Dylan para diseccionar los fragmentos de la realidad, de su percepción y también de su invención, es decir los materiales con lo que después compone su obra, cuando caí en la cuenta que en esas páginas (publicadas un año antes) el tipo casi que había presagiado el huracán Katrina que devastó Nueva Orleans en 2005. Lean sino la página 214 del original, publicado por Simon And Shuster el 5 de octubre de 2004, y no me vengan con que yo endioso a Dylan o con que exagero.

Piensen, además, si habrá sido casualidad que días después de la devastadora tormenta (U2, Rod Stewart, Alicia Keys, Neil Young, Foo Fighters, Paul Simon, Dixie Chicks, Dr. John, Garth Brooks, Sheryl Crow y otros artistas) participaran en un festival denominado “Shelter From The Storm” a beneficio de los sobrevivientes del Katrina. Perdonen tan ingenua digresión, pero sólo estoy refiriendo hechos concretos, absolutamente verificables, aunque seguramente opinables. Nada más. Nada menos. Igual lo que yo quería contar no era eso.

Releía “Crónicas” cuando una vez más comprobé que Dylan es una especie de Prometeo que no sólo se reinventa constantemente sino que obliga a rememorarlo, como en este caso, al revisitar sus memorias contenidas en el primer volumen de su anunciada trilogía.

Está claro que mi memoria desvirtúa, que el Alzheimer viene ya tocando a mi puerta mientras hago como que no estoy, a la espera de que se vaya y que jamás regrese, pero la propia literatura de Dylan es un ser viviente, en constante estable cambio y transformación, algo como el texto serpiente de Baudelaire. Digo esto porque me hubiera jugado la vida que era en “Crónicas” que Bob relataba su encuentro con el indio Rolling Thunder. Pero no. En esta relectura me encontré con que era Sun Pie de quien hablaba, un viejo de rostro curtido con rasgos eslavos y que de indio no tenía nada.  

Sun Pie, cuenta Bob, tiene una cabaña llamada King’s Tut’s Museum en Raceland, cerca de New Orleans, donde vende bagatelas, antigüedades y cosas raras que la gente ha desechado por los caminos. Sun Pie puede venderte allí cualquier cosa de casi cualquier lugar del mundo, no sé, el vestido azul de la becaria Lewinsky en el que Clinton dejó un lamparón con su ADN presidencial, una lata de Zyklon B a la que alguien ingenuamente (o no) le hizo una ranura para usar como alcancía, afiches de Mao, Brigitte Bardot y Carmen Miranda, la guitarra criolla con la que el Sundance Kid cantó zambas y chacareras en Cholila, y hasta la tabla del inodoro en la que Perón estaba sentado cuando tomó la decisión de echar a los Montoneros de la Plaza de Mayo.

No sé, pero Sun Pie es de los que piensan que a cualquier persona le podés vender lo que sea que antes le hayas hecho creer. Siempre se encuentra a alguien que más tarde o más temprano, aquí o allá, necesita creer en cualquier cosa. Tal vez también por eso es que creí, durante todo el tiempo entre la primera y la tercera lecturas de “Crónicas”, que Bob contaba allí su encuentro con el indio Rolling Thunder. 

2 comentarios:

Juan Nadie dijo...

Dylan es una especie de Prometeo que no sólo se reinventa constantemente...

Sí, es eso, pero además Dylan siempre fue un tipo tocado por la gracia del momento, quiero decir uno de esos extraños seres que huelen lo que está pasando, antes de que ocurra. No me explico bien, pero seguro que me entiendes.

carlos perrotti dijo...

Algo como un termómetro. como un pájaro que levanta vuelo porque percibe cuando se viene algo. tal cual. es medio inexplicable nuestro querido Bob...