lunes, 15 de diciembre de 2008


CERROS

Les sonará increíble. Pero fue lo que ocurrió. Volvíamos de Zapallar en la camioneta de Carlos, rumbo a Santiago. Al costado de la ruta se sucedían uno tras otro los cerros inmóviles, como mastodónticos animales tumbados boca abajo, como descansando, con sus lomos overos y de infinidad de verdes curtiéndose al sol. Porque no llovía ni flotaba la bruma. Había un sol que rajaba la tierra. Recuerdo que de inmediato musité contra la ventanilla aquella vieja bella canción que aseguraba que "en el bolsón de los cerros se acomodó el sol de enero". Sé que les parecerá loco, pero por un momento me pareció ver que uno de los cerros abría un ojo, y que otro allá lejos elevaba una pezuña, y que uno más cercano se incorporaba sacudiéndose la modorra, como un perro se espanta de encima una polvareda o una mojadura... Y así fue que, cuando nos quisimos acordar, porque ya Carlos había hundido el freno y era también boquiabierto testigo del extraordinario acontecimiento, los cerros comenzaron a moverse, a andar a los tumbos, arrastrando sus pliegues, chocando entre ellos, unos con otros, todos contra todos, y nos encontramos en medio de un embotellamiento de cerros que se empujaban, se aplastaban, se daban cornadas, bufaban, se mordían, y arremetían arrasando todo a su paso, rumbo a la ciudad.

¿Pero qué irían a hacer a la ciudad? Carlos exclamó que a derribar los edificios, puentes y autopistas, shoppings, estadios y caseríos. A mí se me ocurrió que, tal vez, iban a morir a un cementerio de cerros, como los elefantes, cuando viejos, ven venir su final. Carlos ya no supo más qué decir. Siempre fue extremadamente sentimental. Yo comencé a temblar por miedo a tener algo que decir. Todo era tan inexplicable, que pensé: "Lo real es que los cerros van a la ciudad como seguramente el mar ya habrá comenzado a brotar en medio del desierto y los volcanes a llorar diamantes y lágrimas de nieve sobre un valle de antigua lava".

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