lunes, 4 de febrero de 2013


La contribución de Robert Johnson difícilmente pueda ser alguna vez sondeada. Frecuentemente su obra aparece mencionada como corta. Es probable que sea válido utilizar tamaño adjetivo. Pero lo que nunca se le podrá aplicar es un sinónimo como fugaz, mucho menos transitorio o efímero, tal vez sí lacónico, pero jamás limitado o insignificante. Más bien todo lo contrario.

Los 29 blues compuestos por Robert Johnson, así como los tres o cuatro volúmenes que reúnen la prosa, la poesía y las cartas de Arthur Rimbaud, aunque pudiéramos convenir que no conforman lo que llamaríamos obras extensas, y puesto que no dejan de ser decisivas, con lo que tienen de definitivas, avergüenzan a los miles de tratadistas y tratados sobre lo que un artista tiene o no para decir. 

Robert Johnson y Arthur Rimbaud seguirán influenciando tanto a músicos como poetas todo el tiempo que al blues y a la poesía les quede de vida. Ellos prescindieron de las cualidades descriptivas en sus composiciones y tuvieron el coraje de no explicarlas demasiado, entregaron hasta la última gota de inspiración, con la secreta esperanza de que llegaran vivas, no disecadas, al eterno porvenir.

Arthur Rimbaud es otro y es también su poesía. Robert Johnson es blues, es creíble, puro, genuino. No la va de bluesman. En eso reside el valor y la influencia de su incalculable contribución. Es creíble su dolor, su lacerante melancolía, la desgarradora pena de su alma. 

Yo no sé si Robert Johnson hizo un pacto con El Diablo en el cruce entre la autopista 61 con la 49 a cambio de que la esencia del blues le fuera revelada. No sé si es cierto que un cantinero celoso envenenó su whisky cuando descubrió que se encamaba con su mujer, o si murió de sífilis. No sé si estuvo preso por vago y pendenciero o si terminó loco de atar en un hospicio. Lo que sé es que nos dejó 29 blues tan transcendentales como todas y cada una de las memorables páginas escritas por el también poco prolífico Arthur Rimbaud. 


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